Mujeres del Barro Rojo
La familia Mateo es originaria de San Marcos Tlapazola, un pequeño pueblo zapoteca a cerca de una hora en coche de la ciudad de Oaxaca, por caminos pedregosos hacia la montaña. Durante 20 generaciones, las familias de este pueblo han hecho loza de barro rojo para cocinar y la han vendido en los pueblos vecinos. Ese mercado limitado hacía difícil ganarse la vida. A los 18 años, Macrina Mateo quiso llevar su alfarería más lejos, a la ciudad de Oaxaca, y aprender estilos y técnicas más modernos. La familia fue mal vista, pues se esperaba que las mujeres solteras no salieran solas de casa. Macrina aprendió a hacer alfarería con fines estéticos además de funcionales, y su capacidad para unir tradición e innovación ha hecho que su obra sea apreciada en todo México y en el mundo. Cada año, después de la cosecha del maíz, las mujeres Mateo suben a la montaña a sacar el barro rojo. Ya en casa, el barro se modela a mano o en torno, y después se raspa con cuero, olote y piedra. Cuando hay suficientes piezas listas, se queman a fuego abierto. El resultado es una loza rica en color y textura que, además, da un sabor terroso único a la comida y la bebida. Con los años, la familia Mateo ha alcanzado éxito internacional, con artículos en National Geographic y The New York Times, y sus piezas se han exhibido en el Museo de Arte Moderno de Nueva York e incluso en el Vaticano.
Mujeres del Barro Rojo
La familia Mateo es originaria de San Marcos Tlapazola, un pequeño pueblo zapoteca a cerca de una hora en coche de la ciudad de Oaxaca, por caminos pedregosos hacia la montaña. Durante 20 generaciones, las familias de este pueblo han hecho loza de barro rojo para cocinar y la han vendido en los pueblos vecinos. Ese mercado limitado hacía difícil ganarse la vida. A los 18 años, Macrina Mateo quiso llevar su alfarería más lejos, a la ciudad de Oaxaca, y aprender estilos y técnicas más modernos. La familia fue mal vista, pues se esperaba que las mujeres solteras no salieran solas de casa. Macrina aprendió a hacer alfarería con fines estéticos además de funcionales, y su capacidad para unir tradición e innovación ha hecho que su obra sea apreciada en todo México y en el mundo. Cada año, después de la cosecha del maíz, las mujeres Mateo suben a la montaña a sacar el barro rojo. Ya en casa, el barro se modela a mano o en torno, y después se raspa con cuero, olote y piedra. Cuando hay suficientes piezas listas, se queman a fuego abierto. El resultado es una loza rica en color y textura que, además, da un sabor terroso único a la comida y la bebida. Con los años, la familia Mateo ha alcanzado éxito internacional, con artículos en National Geographic y The New York Times, y sus piezas se han exhibido en el Museo de Arte Moderno de Nueva York e incluso en el Vaticano.